El amor que cabe en unos brazos


El amor que cabe en unos brazos


“El amor de una madre no empieza cuando todo sale bien. A veces empieza precisamente cuando todo sale mal.”


Dicen que cuando tienes un hijo conoces el amor más grande de tu vida.

Lo que se les olvidó añadir es que también conoces el cansancio más grande de tu vida, el miedo más grande, la preocupación más grande, la capacidad de funcionar con tres horas de sueño y, sobre todo, una nueva modalidad de vida en la que ir al baño sola se convierte en un plan de lujo.
Pero sí. También conoces el amor más grande.

Y entonces llega él.
Iván.

Y de repente entiendes que todas esas frases que antes te parecían un poco exageradas sobre el amor de una madre tenían bastante razón. Porque hay algo inexplicable en mirar a tu bebé y pensar: ¿cómo puede ser que te quiera tanto si hace cinco minutos estabas llorando porque no sabía por qué llorabas tú?

La maternidad tiene esas contradicciones maravillosas.

Quieres que duerma toda la noche, pero cuando finalmente se duerme te quedas mirándolo para comprobar que respira.

Quieres que aprenda a dormirse solo, pero cuando se queda dormido encima de ti te cuesta muchísimo dejarlo en la cuna.

Quieres tener cinco minutos para ti, pero cuando los tienes ya estás pensando en él.

Y cuando por fin se duerme en tus brazos ocurre algo todavía más absurdo: llevas todo el día deseando que se duerma, estás agotada, tienes la espalda destrozada, necesitas ir al baño, tienes hambre, sed y probablemente una mano dormida…
Pero él se queda ahí.
Respirando despacito.
Con la cabeza apoyada en ti.
Y tú piensas: bueno… cinco minutos más.
Esos cinco minutos se convierten en veinte.
Y luego en cuarenta.
Y tú sigues exactamente en la misma postura porque, aparentemente, mover un brazo puede desencadenar la Tercera Guerra Mundial.

Así que ahí estás.
Inmóvil.
Con un bebé dormido encima y una pierna completamente dormida debajo.

Y, sin embargo, eres feliz.
Porque sentir cómo se relaja sobre tu pecho, notar su respiración y saber que en ese momento se siente seguro contigo es una de esas cosas que no se pueden explicar bien con palabras.

Es simplemente amor.

Un amor que también asusta.

Porque cuando tienes un hijo descubres que existe una parte de ti que camina por el mundo fuera de tu cuerpo. Y eso significa que ahora puedes preocuparte por alguien incluso cuando está durmiendo tranquilamente a veinte centímetros de ti.
Pero mi historia con Iván no empezó precisamente como había imaginado.

Mi parto se complicó.

Y lo que debería haber sido el comienzo de nuestra vida juntos se convirtió en un momento muy difícil físicamente para mí.

Después de todo lo que pasó, mi cuerpo necesitó mucho más tiempo del que yo esperaba para recuperarse. Tanto que durante aproximadamente un mes no pude atender a mi bebé como una madre imagina que va a hacerlo.
Y eso es algo de lo que se habla muy poco.

Porque cuando nace un bebé, todo el mundo pregunta por el bebé.
¿Cuánto pesa?
¿Come bien?
¿Duerme?
¿Tiene gases?
¿Ha hecho caca?
¿Tiene mocos?
¿Está creciendo?
Y, mientras tanto, hay una mujer que acaba de pasar por un parto, que también necesita cuidados, que puede estar dolorida, agotada, asustada o enferma.

En mi caso, mi parto se complicó con una punción húmeda grave que me dejó en cama ingresada un mes y durante ese primer mes yo no podía simplemente levantarme, coger a mi bebé y hacer vida normal.

Y emocionalmente eso fue durísimo.

Porque una cosa es saber racionalmente que estás enferma y que necesitas recuperarte.
Y otra muy distinta es mirar a tu hijo y sentir que tu cuerpo no te permite hacer lo que más deseas: estar con él.

Hay una culpa muy difícil de explicar.
Una culpa absurda, además, porque no estás eligiendo descansar.
No estás de vacaciones.
No estás evitando cuidar de tu bebé.
Estás intentando ponerte bien.Estás intentando ponerte bien.
Pero el corazón no siempre entiende de lógica.
Y entonces aparecen pensamientos que nadie te enseña a gestionar.
¿Me necesitará?
¿Se acordará de mí?
¿Estaremos unidos?
¿Me reconocerá como su madre si no puedo estar como había imaginado?

Y mientras tú estás preocupada por no poder atenderle, tu bebé probablemente solo está pensando en comer, dormir, hacer caca y descubrir que sus propias manos existen.

Los bebés tienen una capacidad maravillosa para no complicarse la vida.

Nosotros somos los que nos encargamos de complicárnosla por ellos.

Con el tiempo entendí algo.
El vínculo no se mide en las horas que has podido sostener a tu bebé durante el primer mes.
Ni en cuántos pañales has cambiado.
Ni en cuántas noches has conseguido dormirlo.
Ni siquiera en cuántos momentos has podido estar físicamente a su lado.

El amor no desaparece porque la vida te haya obligado a parar.
Y el de un bebé tampoco funciona con una calculadora.

Cuando pude volver a estar con él, no necesitó que yo recuperara mágicamente el tiempo perdido.

Simplemente estaba allí.

Mi bebé.

Y poco a poco fuimos construyendo nuestra historia.
A nuestra manera.
Sin la maternidad perfecta que había imaginado.
Porque la maternidad real tiene poco de perfecta y muchísimo de maravillosa.
Tiene babas.
Tiene gases.
Tiene noches en las que no sabes si estás acunando a tu bebé o negociando con una pequeña organización terrorista.

Tiene cinco biberones, cuatro cambios de pañal y una caca que aparece justo cuando acabas de ponerle el pijama limpio.
Tiene juguetes por toda la casa.
Tiene ropa que deja de servirte prácticamente antes de que termines de quitarle la etiqueta.
Tiene momentos en los que dices: necesito cinco minutos sola.
Y cinco minutos después estás mirando una foto suya en el móvil pensando: qué ganas tengo de verlo.
Tiene contradicciones constantemente.
Y también tiene esos momentos mágicos que compensan absolutamente todo.
Como cuando Iván se queda dormido en mis brazos.
Cuando su cuerpo se relaja.
Cuando deja de moverse.
Cuando noto su respiración.
Cuando lo miro y pienso que, después de todo lo que pasó, está aquí.
Y yo también.
Quizá no de la manera en la que imaginé.
Quizá nuestro comienzo no fue perfecto.
Quizá hubo un mes que me hubiera gustado vivir de otra manera.
Pero hay algo que nadie puede quitarme.
El amor que siento por mi hijo.
Porque el amor de una madre no empieza cuando todo sale bien.
A veces empieza precisamente cuando todo sale mal.

Cuando tienes miedo.
Cuando estás cansada.
Cuando no puedes hacer todo lo que querrías.
Cuando necesitas que alguien cuide de ti para poder volver a cuidar de quien más quieres.

Y entonces un día estás ahí, con tu bebé dormido sobre tu pecho, completamente agotada, con el brazo dormido, la espalda dolorida y unas ganas tremendas de hacer pis.
Y piensas:
No voy a moverme.
Porque en ese instante entiendes algo.
Que ese pequeño peso sobre tus brazos no es una carga.
Es tu vida.
Y aunque la maternidad me haya enseñado que puedo sobrevivir a cosas que jamás pensé que viviría, también me ha enseñado algo mucho más importante:
que hay amores que no necesitan un comienzo perfecto.
Solo necesitan encontrarse.
Y nosotros, después de todo, nos encontramos.

Ahora, si me disculpáis, creo que mi bebé se ha dormido.

Y sí.

Llevo veinte minutos sin moverme.

Pero no pienso despertarlo.

Tengo una pierna dormida, una sed terrible y necesito ir al baño desde hace media hora.

Pero mi bebé está dormido en mis brazos.

Así que, por supuesto…
cinco minutos más.

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